martes, 3 de junio de 2014

TESTIMONIO DE MARÍA ROSA LEÓN CABALLERO, PORTUGALUJA EVACUADA EN EL "HABANA" DURANTE LA GUERRA CIVIL.



Si bien la última entrada del blog estaba dedicada a la imagen gráfica del avance de las tropas italianas por la margen derecha mientras combatían contra las fuerzas defensoras de la legalidad republicana, hoy traigo el testimonio de una portugaluja que se vió obligada al exilio huyendo de los combates.

María Rosa León Caballero es una de los 3840 niños que viajan en el interior del famoso Habana, buque que parte de aguas vascas camino de un exilio forzoso. Su testimonio esta entresacado de una obra conjunta en el que se recogen  experiencias personales de actores involuntarios, víctimas de una contienda fratricida que dejó muertos, dolor, exilio y un largo etcétera de penurias.

Para todos aquellos que quieran leer este relato así como otro buen número de ellos que acompañan al mismo, junto a estas líneas inserto el enlace a la página web donde se encuentran alojados.

Espero que la entrada guste y hasta la próxima.

  


María Rosa…una de los 3840 niños
embarcados en el buque La Habana

María Rosa León Caballero

Niña evacuada a Inglaterra

Nací el 7 de septiembre de 1929 en Portugalete, provincia de Vizcaya. He aquí mi testimonio:

En el mes de Julio de 1936, como cada año, mi madre está preparándonos
todo lo que se necesita para pasar las vacaciones de verano en Ávalos, pueblecito de la provincia de Álava en la Rioja donde vivía mi abuela materna. Esos preparativos se
desarrollaban con una intensa alegría.

Vamos a casa de la abuelita primero nosotros: mi madre, mi hermano y yo. Mi padre, profesor en la escuela naval de Bilbao, vendrá más tarde cuando acaben los exámenes de fin de año.

Unos días después de nuestra llegada al pueblo, el día 18, se produce el levantamiento fascista contra la República.

El día 20, a la una y media de la tarde, cuando estábamos a punto de comer, llaman con violencia a la puerta:

¿Quién será? pregunta mi madre algo inquieta… ¡Será un pobre desgraciado!
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Andando hasta la puerta que lleva dos hojas horizontales, va buscando una limosna



en el bolsillo de su delantal al cual estoy agarrándome.

Al abrir la hoja superior, ve a dos guardias civiles que le apuntan con una escopeta.
De miedo y para defenderse, intenta volver a cerrar esa parte de la puerta.

Furiosos, dando golpes con la culata, los guardias mandan :

¡Abran… abran la puerta!

Yo, aterrorizada, sin poderme mover, me quedo pegada a las faldas de mi madre y así tendré conocimiento de lo que sigue:

¿Hay hombres aquí? No, estoy sola con mis hijos y mi madre… mi marido está en Bilbao.

Así fué como tuve mi primer contacto con la guerra y nunca olvidaré cómo trataron a mi madre. Tampoco olvidaré el desprecio y la brutalidad de esos guardias civiles.

A los tres días, Lanas, hijo del pueblo y jefe de la falange, vuelve a casa de mi abuela :

“Tengo órden de quitarle su radio…

¡Sinverguenza, no tienes derecho quitarme lo que me pertenece!

Y tú, dirigiéndose a mi madre, tienes mucha suerte que no esté aquí tu marido…Pués lo hubiéramos encarcelado… Y ahora quédate tranquila y ninguna de las dos pueden salir…»

Mi madre y mi abuela entendieron que quedaban prisioneras en casa. Yo era la única que podía salir. Y así fué cómo un día, en la plaza del pueblo, ví a tres mujeres de republicanos a quienes habían cortado el pelo de cualquier manera… Las amenazaban:

«En ayunas, váis a tomar ese vaso de aceite de ricino… »
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Más tarde tendré conocimiento de lo que ocurría a esas pobres mujeres cuando los fascistas iban paseándolas por el pueblo mientras ellas no conseguían aguantar esa purga… ¡Qué barbaridad!

Otra barbaridad. Un día, tres muchachas que conocían a mi abuela vinieron a casa corriendo y llorando.

«Doña Ángela… a la madrugada, se nos han llevado a nuestros maridos con otros hombres en las afueras del pueblo… y nos los han matado !Acaban de decirnos que teníamos que ir a buscar los cuerpos… Y éso… ¡sin gritos ni llantos, ni sólo una lágrima!»

¿Cómo podían pensarse esas chicas que esos asesinos les hacían un favor al desvolverles el cuerpo de sus maridos? ¿Cuántos desaparecidos quedan en las fosas comunes?



Nos quedamos nueve meses en casa de mi abuela hasta que, de noche, con ayuda de unos amigos del pueblo, pudimos huir a San Sebastián, y con la Cruz Roja inglesa, llegamos en casa a Bilbao. Pensábamos que se había acabado esa pesadilla pero
seguimos con los bombardeos alemanes de la Legión Cóndor.

Me quedé mucho tiempo con esa idea: He vivido muchos años metida en un sótano.

Un día, mis padres nos explicaron, a mi hermano y a mí, que para protegernos de
esos bombardeos, nos iban a mandar a Inglaterra, en Southampton. Eso ocurrió
después de los bombardeos de Durango, Guernika, Bilbao. Y el día 21 de mayo de 1937, zarpamos en el buque la Habana con 3840 niños. Muchos eran los que decían que éramos más de 3840 niños.

Estábamos a punto de subir con mi hermano, Santi su amigo, Esther y otros hijos de amigos cuando le dije a mi madre :

¡Mamá-amachu, no te preocupes, que no nos vamos a reñir con Esther, que nos vamos a querer mucho!

Con esas palabras, yo pensaba que tranquilizaba a mis padres. Nunca pensé que nos abandonaban, al contrario, les tenía mucho agradecimiento por salvarnos de esa barbarie fascista.
Cuando lleguamos a Southampton, los ingleses nos estaban esperando… y les estoy muy agradecida de la acogida que nos reservaron, siendo muchos niños. Nunca critiqué a Inglaterra y siempre le tuve mucho reconocimiento por lo que hizo para nosotros,
los niños. Pero cuando me enteré de la actitud que tuvo el gobierno inglés en contra de la República española, cambié de opinión.

En Inglaterra, pasaban los días, pero las noticias de España no iban mejorando. Mi hermano de 12 años, Santi y unos amigos se escaparon para regresar a España y luchar con las tropas republicanas.

Lograron subir en un barco y se escondieron. Pero pronto los descubrieron y regresaron al campo. Nadie les riñó.

Dos pruebas de los traumas vividos por esos niños: Cuando volaban aviones ingleses sobre nosotros, había un pánico espantoso. Todos buscábamos a escondernos de las bombas. Se oían gritos, lloros y llamadas :
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¡Mamá,.…mamá,… amachu,…mamá………………… !

Los ingleses nos explicaron que aquí, en Inglaterra, no tendríamos riesgo alguno.

Otra cosa: a nuestra llegada en el campo, el panadero nos traía pan. Había que ver cómo esos niños hambrientos se agarraban a esas bolsas de pan llevadas a la espalda. A esos niños, nunca se les riñó. Se les explicó que aquí, en Inglaterra, podrían comer todo el pan que quisieran y unos días después, se arregló la cosa.



Pero mi salud empezó a empeorar. Por eso ingresé en un hospital donde me hice amiga con Ana María. Yo noté que esa niña era frágil, con la piel azulada. Una noche  angustiada me llama:

¡María Rosa, María Rosa … date prisa, ven a verme!

Cuando llegué a su cama, me cogió las manos, me las apretó muy fuerte y dió su último suspiro. Para mí, fue un trauma increíble.

Al salir del hospital, me recogió una familia que tenía una hija de mi edad y que se llamaba Betty. Pero mi salud iba empeorando.

Carmen Urrutia, amiga de mi familia, vino a buscarme y me llevó a Bayonne donde estaban mis padres.

Me pasé nueve meses en Inglaterra. Mi hermano se quedó allí unos meses más. En esos tiempos, lo que más me faltó fué la presencia de mi padre y de mi hermano.

El 13 de abril de 1938, mi padre recibe su nominación para Burdeos. Allí, tenía la obligación de administrar los barcos republicanos españoles de la Marina de Mercancías y de la Pesca. Así fue cómo vinimos a vivir en Burdeos.

En los últimos días de agosto y principio de septiembre, mi hermano, a los 14
años, regresó de Inglaterra y vino a vivir con nosotros en Burdeos.
Toda la familia ya estaba otra vez junta. Pero ya sabíamos que otra guerra nos estaba esperando…

Al haber perdido la guerra la República, mi padre tuvo que entregar los barcos al gobierno de Franco. Dos emisarios franquistas vinieron a Burdeos a ver a mi padre para que les entregases los barcos, lo que hizo. Propusieron a mi padre volver a España:

¡Allí tendrá Vd la dirección de la Escuela Oficial de Naútica de Bilbao, donde enseñó!

Temiendo una trampa, pero sobre todo rechazando toda idea de servir a Franco declinó la propuesta.

En el verano de 1939, la señorita Colette Berthé me enseño el francés. Y aquello lo hice leyendo libros para niñas en francés.

En octubre, yo ingresé en la escuela pública que se llamaba “escuela Goya”, situada en la calle Santa Lucía.

No puedo acabar mi testimonio sin nombrar a mi maestra, la señora Faux, a quien tenía una gran admiración.

Un día, sin haber tocado a la puerta, entran dos policías franceses vestidos de largos impermeables de cuero negro. Van hacia nuestra maestra y le dicen brutalmente:

¡Acompáñenos!. Sin resistir, la señora Faux se levanta de su silla y nos dice: ¡Ya volveré con mi honor! … y salió.



Sabíamos que lo que ocurría en esos momentos era muy grave. Nos pusimos todas a llorar. Y nunca más tuvimos noticias de nuestra maestra. Ese día supe que el fascismo aún estaba presente.