martes, 13 de enero de 2009

EL BALCON DEL SEÑOR REGINO.


En esta ocasión traigo a este blog un trabajo de un gran amigo y portugalujo, José Benito López Okariz.
José Benito es uno de esos portugalujos enamorados de su tierra, buena persona y buen amigo, durante años me ha ido dejando trabajos sobre cosas de nuestro Portugalete. Nunca le ha gustado el boato ni figurar, siempre ha sido una persona humilde que ha ayudado a todo el que se lo ha solicitado de una manera desinteresada. El único que dio una donación económica para que los boletines de Coscojales continuaran saliendo de la forma que los hacíamos.
Con su permiso traeré a este blog distintos trabajos que este gran portugalujo ha ido realizando durante años. Trabajos que de otra manera solo los leeríamos un reducido grupo de amigos y que bajo mi punto de vista, su particular forma de redactar, tiene que estar al alcance de todos.
Gracias por tu amistad, amigo José Benito.
EL BALCON DEL SEÑOR REGINO.

Según se dice en el diccionario de la real academia, la palabra puente tiene once significados… más o menos distintos. En el primero de ellos se explica que puente es la obra que se construye para poder pasar sobre los ríos.
En la Muy Noble Villa Marinera de Portugalete hay cinco puentes. Cuatro de ellos cruzan el mini río Ballonti y uno la ría del Ibaizabal; mal llamada del Nervión. Con la mano derecha puesta sobre la Biblia y la izquierda levantada, juro que yo no tengo nada contra del Río Nervión que, indudablemente existe como tal río y, además, ahí está sin que nadie pueda negarlo ni moverlo pero, en mi fundamentada opinión, no es el río que forma la ría; solo ayuda a configurarla como cualquiera de los otros afluentes del Ibaizabal. Esta cuestión de Ibaizabal- Nervión siempre origina polémica, pero los estudios sobre orografía, hidrología, hidronimia, pliegues tectónicos, anomalías de la gravedad negativa y positivas en cuencas y cauces, y un largo etcétera de aspectos geográficos, geológicos, sedimentarios y tal y cual, demuestran que el Ibaizabal es el río padre y madre de la ría y el Nervión solo su afluente.
Como razonar sobre todos estos complicados temas resultaría muy largo, dejaremos el asunto para otra ocasión en la cual tengamos más tiempo, más papel y mejor bolígrafo. Además, aquí y ahora, yo solo quiero contar una pequeña pero verídica, original y simpática anécdota que ocurrió años ha dentro de ese ambiente tan portugalujo que hay en la popular Calle Coscojales. Por mejor y más completo nombre: Fray Martín Pérez de Coscojales.
El motivo de recordar la anécdota mencionada, ha sido la contemplación de una antigua fotografía de la barquilla del Puente Colgante realizada en el año 1917. Todos sabemos que las viejas fotografías son curiosas, evocadoras, informativas e, incluso, pueden resultar entrañables. La “foto” a la cual nos referimos es una de las más características entre las antiguas que se conservan del Puente Vizcaya. Se trata de un primer plano, bien enmarcado, de uno de los frentes de la primitiva barquilla en movimiento. Se hizo de cerca y permite ver claramente a la mayor parte de las doce personas que van en ella. Si detallamos un poco más vemos que en el centro de la barquilla está ocupada por un carro del cual tira, cuando rueda, un caballo (mulo diría yo). En primera fila y detrás de la valla de cierre están, como principales protagonistas de la fotografía, el dueño del carro y el empleado interventor del Puente que, tocado con gorra de visera y atento a la seguridad de los viajeros, apoya su mano derecha sobre el cierre de la puerta.
Bien, pues ese señor tan bien alimentado y, además, ser buena persona (ya se sabe que casi todos los gordos son buena gente), se llamaba Don Regino Urdiain y es el protagonista del suceso que vamos a referir tal y como sucedió.
El Sr. Regino era de origen navarro, pero los muchos años de vivir en Portugalete habían hecho de él un portugalujo de corazón. Residía en el Nº 7 de la calle Coscojales y un detalle distinguía a su casa: su balcón siempre estaba alegre y florido. Tan satisfecho estaba el hombre de su balcón que en él puso un letrerito que decía “SEÑORIO DE VIZCAYA”.
Dicho lo anterior ocurrió que, en uno de aquellos años de la segunda década del siglo que pronto va a terminar, el ayuntamiento de la villa dispuso que, entre los festejos programados para la celebración de la Virgen de la Guía (tan apreciada y venerada en Portugalete, principalmente en Coscojales donde tiene su hornacina), hubiera uno dedicado a concurso de engalanar balcones. Cuando nuestro amigo Regino se enteró de ello, consideró que tal concurso era un desafío para él y para su balcón y, como hombre que era de firme carácter navarro y recia voluntad portugaluja, decidió participar en el certamen y ganarlo de forma clara, dejando a sus competidores a diez traineras por popa. Para ello mejoró el balcón con más plantas, flores, ramaje, guirnaldas, banderitas y todos esos ornamentos que se emplean para tales menesteres. ¡El triunfo no se le podía escapar!
Además, como pincelada original y apabullante de victoria firmada y rubricada, hizo lo que sigue: En tiempo oportunamente cercano al paso por la calle del jurado calificador, subió a un burrito por la escalera, hasta su casa, que bien enjaezado y peripuesto fue instalado en el centro del florido balcón y cuando los señores examinadores miraron hacia arriba para puntuar aquella especie de jardín que, por encima de sus cabezas se asomaba a la calle, el señor Regino tiró suavemente de la cola del burrillo que, ante tal señal, obsequió al jurado con un breve, pero bien orquestado concierto de suaves y melodiosos rebuznos que les dejó ojiboquiabiertos de admiración. Le dieron el PRIMER PREMIO. Sin discusión. Por unanimidad.
Si alguien me pregunta cómo subió el señor Urdiain el burrito por la escalera, yo le digo que la historia no lo dice pero, dejando aparte que Regino era navarrico, todos sabemos, incluidos los que nunca hemos hecho la prueba de subir un burro por la escalera, que es más fácil subirlo hasta el primer piso que hasta el séptimo. Urdiain vivía en el siguiente al primero. Además, es seguro que el Sr. Regino era buen conocedor de toda clase de caballerías, porque en aquellos tiempos en los cuales desarrollaba su actividad como empleado en el Transbordador de Vizcaya, había pocos coches con motor a gasolina, pero eran muchos los carros que, movidos por cuadrúpedos a poca avena y mucha hierba rumiada gratis en campas libres, utilizaban el transbordador para cruzar la ría, y es lógico pensar que nuestro activo interventor tuviera buena mano para caballos, burros, y mulos y que, además, éstos sintieran por él un fuerte y justificado aprecio por el buen trato que les daba en las operaciones de embarque y desembarque de la barquilla.
Como prueba que garantiza lo que digo, podernos fijarlos en la cariñosa mirada que el mulo, retratado en la fotografía, dirige al Sr. Urdiain. Casi, casi, parece estar diciéndole: ¡ Que buen hombre eres Regino!. Y ¡Cuánto sabes de nosotros los sufridos animales de carga!
¿Verdad que sí parece lo que digo?
Bueno, pues ya está contada la pequeña historia del balcón de Coscojales y de esa clase de fotografía de la barquilla transbordadora que, además de estar presente en todas las colecciones de los aficionados a las fotografías antiguas de Portugalete y Las Arenas, también podemos verla en compañía de otras viejas fotos del puente, decorando las paredes de diversos establecimientos (principalmente hosteleros). En la cafetería Kaixo, a dos pasos del transbordador en la margen derecha, hay una esplendida reproducción de ella.
Ahora, y para terminar, quiero decir que la información necesaria para componer este relato, me ha sido proporcionada por mis buenos amigos Adrián (nieto del protagonista de la anécdota), Eduardo de Benito y Gaizka Aróstegui. Muchas gracias a los tres.

José Benito López Okariz.