jueves, 24 de marzo de 2011

JOSÉ MANUEL APARICIO HERNÁNDEZ, ESCRITOR PORTUGALUJO

Siempre que nos retrotraemos a tiempos pasados dentro de la vida cultural portugaluja, nos acordamos de la trayectoria de escritores, pintores, poetas así como de diferentes autores que trabajaron en cualquier faceta ilustrativa para el deleite de las personas que han tenido acceso a sus trabajos.

Recuerdo perfectamente diversas conversaciones con Daniel Zubimendi de la Hormaza, uno de los precursores del mundo de la fotografía y la imagen durante el pasado siglo, cuando se refería a Juan Antonio Zunzunegui y a sus novelas costumbristas y el fiel reflejo que había realizado del Portugalete en el que vivió con sus personajes y el particular vocabulario de los habitantes de la villa más relacionados con el mundo portuario, siempre indicaba que en el futuro tendría que haber otros escritores que reflejaran otros apartados de la vida en Portugalete .

En la actualidad, el flujo de jóvenes autores continúa creciendo, encontrándose una nutrida representación de estos literatos que comienzan a despuntar con gran éxito en distintos certámenes.

Hoy acerco al blog la obra de uno de ellos, el portugalujo José Manuel Aparicio Hernández, autor de varios trabajos dentro del campo de los relatos y de los microrrelatos. José Manuel ha resultado finalista del VI certamen internacional de narrativa Canal-Literatura por el relato “El desierto”. Año 2009 y también finalista en el II certamen Hislibris de relatos históricos por el relato “El mal de Fortún Sánchez” el pasado año, relato ambientado en el Portugalete del siglo XV y que amablemente ha sido facilitado para ser reproducido en este blog.

Varios de estos relatos han sido publicados en edición impresa, destacando de los mismos: "El hallazgo de Juanito", microrrelato publicado por la editorial Hipálage tras ser seleccionado en el I Premio Algazara de microrrelato. Año 2009, “El desierto”, relato publicado por Canal-Literatura. Año 2009, "El amor de Juanito" y "Seres perfectos", microrrelatos publicados por la editorial Fergutson tras ser seleccionados en el certamen de noviembre de la editorial Fergutson: Año 2009, "El mal de Fortún Sánchez", relato histórico publicado por ediciones Evohé. Año 2010.

El trabajo que hoy inserto en el blog, particularmente me ha gustado, creo que está bien realizado, refleja unos momentos difíciles que vivió nuestra localidad con mucho acierto, es imaginativo y dinámico y lo principal, el texto es muy interesante tanto en la trama como en la descripción del momento y los personajes, resumiendo un buen trabajo, creo que va a ser del interés de las personas que de manera habitual visitan este blog.

Al final del mismo inserto el enlace donde se puede leer en su formato original así como la página en la que se pueden encontrar otros relatos del mismo autor. También inserto el enlace a la editorial por si algún lector está interesado en la adquisición de algunos de los trabajos de este autor portugalujo.

Espero que el relato guste y hasta la próxima.

http://www.edicionesevohe.com/index.php?main_page=product_info&cPath=16&products_id=50.

http://www.mundopalabras.es/2011/03/22/el-mal-de-fortun-sanchez/

http://www.mundopalabras.es/2011/03/22/el-mal-de-fortun-sanchez/



Mi nombre es Iñigo Larrea y nací en Portugalete hace treinta y seis años. Allá por el verano de 1449, el nuevo boticario, Pedro de Olalde, se avecindó en la villa. Era el tiempo de las luchas de bandos; los nobles movían a su parentela para arrebatarse las riquezas; en los campos se guerreaba; en las calles, con el menor pretexto, se acuchillaban. Mi padre trataba de mantenerme alejado de aquel ambiente; solía decirme que, si no aprendía un oficio, pronto me seducirían las promesas de botín de algún Señor, como le ocurrió a varios de mis amigos. Él mismo se encargó de ello; una mañana me llevó ante Olalde, hombre de mediana edad y mirada ausente, y le rogó que el día que necesitase un par de manos para ayudarle se acordase de mí. Aquel comprendió muy bien sus temores y llegado el invierno me vi rodeado de plantas, ungüentos y líquidos de extrañas tonalidades. Mis tareas consistían en realizar los recados que me ordenaba, poner los títulos en las redomas y señalar el tiempo en que los contenidos habían sido compuestos. Pedro de Olalde era un estudioso de la medicina; de cuando en cuando me mandaba traer del mercado los conejos más grandes que pudiese encontrar con los que permanecía encerrado en la trastienda, entre cuencos y manuscritos, para probar en ellos las fórmulas que desarrollaba. En poco tiempo sus remedios adquirieron fama en toda la comarca. Atraídos por los comentarios, gentes de los pueblos vecinos se acercaban a diario hasta Portugalete; los había incluso que rechazaban visitar al físico para que el propio Olalde les prescribiese sus recetas. Y si había uno que confiase en él, este era Fortún Sánchez, un viejo pero aún belicoso pariente mayor del bando gamboino residente en la villa. Dada su incansable combatividad, a menudo se veía aquejado de algún golpe o herida que mi maestro atendía con dedicación. El noble le correspondía con unos buenos dineros, una parte de los cuales Olalde acostumbraba a rechazar por considerarlos excesivos. Pronto trabaron sólida amistad, tanta que el boticario tomó costumbre de acudir a las fiestas que Sánchez celebraba en su casa-fuerte; comían, tomaban sidra y se narraban hechos de armas, según me contaba después. Lo cierto es que no dejaba de llamarme la atención que alguien como mi maestro, esforzado por procurar la salud de los vecinos, pudiera mantener semejante relación con un individuo de fama tan violenta. Mas así era el boticario; en el tiempo que pasé con él jamás le conocí querellas ni disputas personales.



Así transcurrieron los meses hasta que una mañana de marzo de 1450 dieron inicio unos terribles sucesos de los que quiero dejar constancia. Nos encontrábamos en la botica probando un par de nuevos elixires contra la fatiga que mi maestro había compuesto en las últimas jornadas. Era costumbre, pues carecía de sentido venderlos si no causaba efecto en ninguno de los dos. Tomamos uno cada uno y al final de la jornada daríamos nuestra opinión sobre su eficacia. Al acabar recogí los botes del mostrador y me puse a limpiar el establecimiento. Aún no habíamos abierto cuando alguien aporreó la puerta. Era uno de los criados de Fortún Sánchez.
—Mi señor os reclama.
—¿Tan pronto? ¿Qué sucede? —se extrañó el boticario.
—Ha pasado mala noche.
—Aguarda un momento.
Pedro de Olalde quiso que le acompañara, le parecía una buena ocasión para seguir ampliando mis conocimientos; de modo que nos vestimos con dos buenos sayos y seguimos al hombre hasta la casa-torre del noble, allende las murallas.
Fortún Sánchez guardaba cama.
—Aquí estás —dijo incorporándose sobre los codos al vernos entrar en la habitación.
Mi maestro se acercó al enorme lecho. Yo me mantuve unos pasos atrás, acobardado por los escudos y las espadas que pendían de los muros. Por primera vez ponía yo pies en la vivienda de un noble.
—Este maldito ardor tripas me va a matar —se quejó Fortún golpeándose la barriga por encima del camisón.
A la luz fría del alba que se colaba por las ventanas, Pedro de Olalde le examinó la lengua, la boca y los gargueros bajo las profusas barbas blancas.
—Me temo que la buena cena que compartimos ayer contenía alguna vianda en mal estado; tenéis cierta hinchazón —concluyó con una sonrisa—. Reposo y tisana sedante para el dolor deberían ser suficientes.
Al punto extrajo una cucharita de madera y un botecito del zurrón que llevaba al hombro y dio de beber al mayor.
—¿Seguís empeñado en lo de vuestro físico? —preguntó el boticario.
—Desde que lo eché de aquí a patadas no he vuelto a saber de él —rió el viejo tras tomar la última cucharada.
—Es bueno contar con su consejo, Fortún.
—No lo necesito, me basta con tus cuidados.
—¡Cuántos quisieran el privilegio de un galeno personal!
—¿Privilegio? ¡Sabe dios que ese hechicero supersticioso jamás fue capaz de sanarme como era debido! ¡Me hubiera llevado a la tumba con sus mejunjes! Doy gracias a Nuestro Señor que llegaste a la villa, Pedro de Olalde.
Mi maestro agradeció el cumplido con una inclinación de cabeza, acto seguido se despidió del noble y le dijo que volveríamos al cerrar la botica.
Regresamos a la casa con las últimas luces del día. Un par de hachas a ambos lados de la cama del noble derramaban su luz aceitosa por la estancia. Hallamos a Fortún Sánchez sentado sobre un arcón adosado a la pared, cabizbajo; las manos, muy hinchadas y sarpullidas, colgando sobre las rodillas. Esta vez no me quedé junto a la trampilla de la escalera que daba acceso al piso; una mezcla de curiosidad y temor me impulsó a acercarme.
—He enviado a llamar a mi hijo Juan —anunció con voz cansada el viejo.
Olalde respiró hondo antes de arrodillarse y examinar sus dedos.
—Volved a la cama, si no reposáis tardaréis una eternidad en sanar.
—Me cuesta respirar, me queman las entrañas, por Dios que hasta el gaznate me abrasa… ¿Qué me sucede?
El boticario le ayudó a acostarse de nuevo, después llamó a una criada para que preparase un cubo de agua fría y un paño que él mismo colocó sobre la garganta del hidalgo. Le remangó el camisón y examinó el cuerpo todo largo rato; el anciano no dejaba de bufar y llevarse las manos a las tripas, abultadas, como llenas de aire. Yo me había sentado en un taburete frente a la cama, recostada la espalda sobre la base del poyal, y asistía mordisqueándome las uñas al reconocimiento. De pronto se escuchó chirrido de goznes y crujido de madera a mi espalda. Un enorme jubón pasó a mi lado y se detuvo junto al lecho. Era Juan Sánchez, tizona al cinto.
—Padre…
—Ya ves cómo estoy, Juan.
Los ojos del joven banderizo se clavaron en las manos hinchadas de su progenitor, luego me escrutó de soslayo y buscó la mirada de mi maestro, como quien espera una respuesta.



—Ha comido alimentos en mal estado —explicó este al cabo, mientras se pasaba una mano por la barbilla—, lo he visto en otros enfermos.
—Si este hombre está en lo cierto, no tendré más que rezar por vos.
Fortún suspiró, cual si le fallasen las fuerzas para hablar. Juan Sánchez fue a sentarse sobre el arcón, el aire absorto, el espadón entre las piernas. El boticario se dispuso a colocar nuevos paños sobre el gaznate del noble. Yo no dejaba de morderme las uñas con ímpetu, espectador en un teatro cuya obra hubiera preferido no presenciar. La visión del mandoble de Juan Sánchez causome repentinos sudores, y el olor a entierro de la cera ardiendo comenzaba a provocarme náuseas.
—¿No nos conocemos de algo? —preguntó de pronto el joven banderizo, la mirada muy fija sobre mi maestro.
Este dudó un momento con la boca en una mueca, como recordando.
—No lo creo.
—¿Eres portugalujo?
—Guipuzkoano.
El otro se quedó mirándolo un poco más, medio rostro amarillento bajo la luz de la llama, la frente fruncida, pensativo. Al poco los ojos de Fortún se entrecerraron, vencidos por el cansancio. Olalde sugirió que subiéramos a la planta superior para dejarlo descansar y tratar de su enfermedad en privado. Había en ella una mesa alargada y bancos corridos a ambos lados. Un candelabro con pie y tres velas encendidas en el centro agitaban nuestras sombras.
—¿Qué tienes que decir? —preguntó Juan Sánchez con voz recia.
Se había sentado frente a mi maestro, los codos sobre la mesa, entrelazados los dedos frente al rostro, dejando sólo ver sus ojos brillantes. Yo me hallaba en un extremo del mismo banco que el boticario; acabándome las uñas, como si aquello no fuera conmigo.
—Por desgracia es muy probable que su sufrimiento se prolongue largo tiempo antes de sanar. De Dios depende cuánto y si la recuperación será completa.
—Mi padre es hombre vigoroso, jamás lo había visto así.
—Es como decís…; pero hay algo que me preocupa más. Este tipo de padecimientos…
El boticario suspiró, inseguro de continuar. Taconeó el banderizo, impaciente.
—Habla —le ordenó.
—…Temo que el mal que sufre vuestro padre pueda extenderse por toda la villa.
—¿Una epidemia? —reflexionó el joven Sánchez.
—Podría afectar a aquellos que hayan estado en contacto con él desde ayer, incluida vuestra merced, yo mismo y el mozo que me acompaña; ha sucedido en otras poblaciones.
—¿Como la peste? —intervine con la voz temblorosa.
Olalde afirmó con la cabeza sin llegar a mirarme. De pronto aquello sí que iba conmigo. Tuve que sujetar con mis manos desuñadas los muslos para no salir corriendo. El hidalgo pareció recibir con aplomo la noticia, ni una mueca esbozó, simplemente continuó con los ojos clavados como dos picotas sobre mi maestro, que retiró la mirada, incómodo; si bien era joven le supuse acostumbrado a lances de hierro y sangre aún más aterradores.
—Permaneceré junto a vuestro padre todo el tiempo que haga falta. En cuanto a nosotros, poco puede al arte de la medicina; no nos queda sino rezar y esperar que esta tisana en algo pueda ayudarnos.
Mi maestro rebuscó en el zurrón y extrajo una damajuana que contenía un líquido verduzco. Tomó tres vasos de plata de los muchos que había en un lado de la tabla, vertió una buena cantidad para cada uno y dio un tiento al remedio. El banderizo lo olisqueó e hizo lo propio. Yo me lo bebí de un trago.
—Desde luego tu rostro me resulta familiar, boticario —observó de nuevo Juan Sánchez.
—Viajo mucho por la comarca, puede que nos hayamos cruzado alguna vez —y cambiando de tema continuó—. Al alba me reuniré con el físico de la villa y le informaré de cuanto aquí acontece.
Sánchez apuró la tisana y se limpió la boca con la manga del jubón.
—Mi padre disponía de su propio físico —dijo.
Olalde confirmó con la cabeza.
—Querrás saber que hace algún tiempo recibí su visita —prosiguió—, y me temo que no te tiene en gran estima, boticario. Cuenta que mi padre lo echó a palos de la casa después de que lo engatusaras con tu palabrería.
El jubón se hacía aún más grande a mis ojos, pequeño el sayo de mi maestro, que tardó unos instantes en responder.
—De todos es conocida la amistad que vuestro padre y yo nos profesamos —dijo al cabo con voz mansa—, pero en nada tiene que ver con su físico; apenas le conocí.
—Ese hombre salvó mi vida en más de una ocasión. No me gustas ni tú ni tus potingues, y juro ante Dios que si mi padre no sana como es debido…
El tintineo de la tizona terminó la frase por él. Olalde se pasó la mano por las sienes, sudoroso. En ese momento temí por su vida, aquella gente no se andaba con contemplaciones; un espadazo y al hoyo.
—Os suplico que confiéis en mí —rogó mi maestro, y posó la mirada en las llamas del candelabro, procurando mantener el semblante tranquilo.
No había más que decir. Un repentino malestar comenzó a apoderase de mí y tuve que aguantarme las ganas de llorar mientras renegaba del viejo en mis pensamientos; quizá ya me había contagiado su maldita enfermedad. De pronto quebró el silencio un alarido procedente de la habitación de Fortún Sánchez.
—Por Dios nuestro Señor… —musitó Pedro de Olalde tras correr escaleras abajo.



El noble estaba arrodillado sobre el tablado, metiéndose los dedos en la boca para vomitar. Apestaba la habitación a excrementos. Ajeno a nosotros se levantó y comenzó a dar grandes zancadas de un lado a otro, rabiando maldiciones; los brazos en torno a las tripas, crispadas las manos. Juan Sánchez corrió hacía él, lo tomó en brazos, lo acostó sobre la cama y lo cubrió con el cobertor. El cuerpo del noble parecía ahora muerto. La mirada ceñuda de un criado asomó por la trampilla de la escalera y Olalde le ordenó que se marchara con indicaciones de que nadie se acercase a la habitación so ningún pretexto; después corrió el pestillo. La locura se apoderó del cabeza gamboino, que saltó de la cama con renovado vigor banderizo.
—¡Malas hierbas me has dado, boticario!
No podía creer lo que decían aquellas barbas revueltas. Me quedé paralizado mientras Pedro de Olalde se le acercaba.
—¡Calmaos, Fortún!
—¡Calla! ¿¡Cuánto te han pagado esos bastardos oñacinos!? —insistió el viejo.
Juan Sánchez echó mano a la espada y corrió hacia mi maestro, que respiraba agitadamente.
—¡Habla o te atravieso aquí mismo! —le amenazó.
El mayor volvió a caer sobre el lecho y empezó a retorcerse como poseído por el demonio.
Movido por el terror logré dar unos pasos hacia atrás hasta que tropecé con una banqueta y caí con estrépito sobre el tablado. Intenté incorporarme con la única idea de huir escaleras abajo, pero el malestar que había comenzado a embargarme en la sala superior se apoderó de mis fuerzas con gran virulencia; incluso me faltaba el aire. Tuve tiempo de extender un brazo hacia mi maestro, zarandeado por Juan Sánchez entre palabras gruesas. Luego, me sobrevino la oscuridad…

Me despertó la luz nublada del mediodía, que entraba por un ventanuco. Yacía en el catre de mi hogar. Volví la cabeza a un lado y vi el rostro ojeroso de mi padre y la mirada interrogativa del físico portugalujo, quien no dejaba de rascarse la calva.
—Eres afortunado, zagal —dijo éste último.
Sentía la boca demasiado pastosa para hablar.
—Descansa ahora y procura recordar todo lo que ocurrió anoche —prosiguió—. El alcalde quiere hablar contigo.
Cuando el galeno se hubo marchado di cuenta de una escudilla de habas con tocino y pan que me reconfortaron levemente. Me dolía todo el cuerpo y sentía un ligero calor en las tripas. Al principio sólo era capaz de recordar algunos fragmentos de lo acaecido la noche anterior: la visión de la espada de Juan Sánchez, su padre metiéndose los dedos en la boca, la oscuridad… Ahí se acababa todo. No pude relatar más al alcalde, que al atardecer se presentó en casa acompañado por un alguacil. Pero lo que ellos sabían, a punto estuvo de hacerme perder el sentido. Los criados de Fortún Sánchez habían encontrado su cadáver y el de su hijo en la torre, ambos con síntomas de envenenamiento: reventado por dentro sobre la cama, el viejo; el joven, con el rostro amoratado y las manos al cuello, como asfixiado. En cuanto a Olalde, había huido de la casa descolgándose por una ventana tras atar el cobertor y sábanas de la cama. No lograba comprender tales hechos, ni la causa de mi desvanecimiento, ni por qué habría huido el boticario. De él nunca más se supo. Corría el rumor de que habían sido los del bando oñacino, que ellos le habían pagado para envenenar al mayor de los Sánchez. Habladurías de pueblo, jamás pudo demostrarse.


Pasaron los años, tomé esposa y tuve dos hijos varones y una hembra. Poco después finalicé mi instrucción para el oficio de boticario y obtuve el arriendo en 1463. Aunque en ocasiones me preguntaba por aquella fatídica noche, el recuerdo de Pedro de Olalde se fue ahogando en el pozo del tiempo; apenas recordaba ya sus rasgos. Fue una mañana cuando las preguntas ya casi olvidadas encontraron respuesta. Llegó a la botica un despacho a mi atención, venía de tierras del moro. Extrañado, rasgué el lacre; no había mención alguna al remitente. No hizo falta, en cuanto desplegué el pergamino reconocí la letra enmarañada, y con el corazón encogido comencé a leer:

Mi buen y leal Iñigo:
Imagino tu sorpresa al leer estas palabras. Soy Pedro de Olalde, tu maestro de botica. Ahora que me acecha la muerte por vejez en esta lejana tierra de Granada, es justo que sepas lo que acaeció aquella noche de 1450. Serán muchas las preguntas que se agolparán en tu mente, y si no he podido contestarlas antes ha sido por motivos que confío entenderás al finalizar esta lectura. Mas para que comprendas, debo remontarme en el tiempo, aún antes de que me avecindase en Portugalete.
Mondragón fue la tierra que me vio nacer. En ella crecí y aprendí de mi padre el oficio de boticario. Como otras tantas aldeas y villas, vivía bajo el continuo azote de las luchas entre nobles. Nunca entendí ni quise saber de linajes ni parcialidades, mi único interés era dedicarme al cuidado de los vecinos, ya fueran labradores, artesanos o gente de armas. Jamás hice distinción. Así pensaba también mi padre, que un día me dijo que ejercer un oficio respetable me mantendría alejado de las peleas. Por eso tuve a bien acogerte cuando el tuyo se presentó ante mí con su mano sobre tu hombro, dispuesto a protegerte.
Conocí a Fortún Sánchez en junio de 1448. Fue durante los terribles enfrentamientos entre oñacinos y gamboinos que tuvieron lugar en la villa. Los combates habían comenzado días atrás. Se hablaba de hasta tres mil hombres enzarzados dentro y fuera de las murallas. Murieron muchos vecinos. Nadie podía salir del pueblo sin que lo degollaran. Estábamos atrapados. Hasta que el día veintitrés, vigilia de San Juan cual terrible premonición, los de Gamboa prendieron fuego a la villa con la población atrapada entre sus muros. Ese día maldije a Dios. En esas fechas mi esposa había caído enferma por beber malas aguas y el único modo en que podía procurarle remedio pasaba por ir a la botica. No fue fácil, tuve que sortear caballos al galope, ballestas y mazas. En el camino de regreso, al resguardo de la esquina del cantón que daba a mi calle, distinguí al viejo por primera vez: las barbas alborotadas bajo la celada blandiendo una antorcha a lomos de su montura negra. Las espadas que le hacían corro jaleaban su nombre y le animaban a arrojarla. Eligió la ventana de mi casa; al instante las paredes de madera ardían. El rugido del fuego se mezclaba con los chillidos de María. Le acompañaba otra coraza también a caballo; Juan Sánchez, tizona al aire, cercenando miembros y pisoteando cadáveres entre los vítores de su parentela. Para cuando quise reaccionar, la techumbre ya se había venido abajo. Logré ocultarme en la iglesia, que se libró del fuego.



Espero que jamás llegues a entender, mi buen Iñigo, el dolor y el odio que nació en mis entrañas. Ya nada me unía a aquellas ruinas humeantes en que se había convertido Mondragón. Pasé algún tiempo deambulando por aldeas y caminos, procurando mis conocimientos a quienes los necesitaban a cambio de viandas y un lecho donde pasar la noche. Vivía sin rumbo hasta que, de tanto hablar con aquellas gentes sometidas a vasallaje, tuve noticia del lugar de residencia de Fortún Sánchez: la villa de Portugalete. Al saber de nuevo sobre él, volvió a mis oídos el regocijo enardecido de los suyos coreando su nombre y el de su hijo mientras mi esposa enferma moría presa del fuego. Aquel recuerdo selló mi destino. Venganza de muerte juré. Llegué a Portugalete y me ofrecí al Concejo para el oficio de boticario. Estaba dispuesto a cobrar menos de lo habitual y no tardé en obtener el cargo. Por una vez debía emplear mis conocimientos para producir la muerte en lugar de evitarla. Quería asistir a su agonía, ver morir al hideputa poco a poco en su propia casa, donde se creería seguro. Pronto inicié mi relación con él. Aprendí a disimular la repulsión y el odio que me provocaba su presencia. Puse todo mi empeño en atenderlo y en poco tiempo me gané su confianza, aprecio y cierta adhesión a su círculo. Comencé entonces a asistir a las fiestas del linaje donde relataba sus sangrientas proezas, hasta que una noche narró la quema de Mondragón entre los aplausos y risas de sus escuderos…
Cuando la sidra se apoderaba de su lengua me hablaba con pesar de Juan Sánchez, pues por su forma de ser no se llevaban del todo bien el uno con el otro, y no habían tenido apenas trato en los últimos meses. Aún así le apreciaba. Era el único de sus cuatro hijos con vida; los otros habían muerto en batalla. Por ello me aseguró que si algún día sentía a la muerte rondándole lo haría llamar para forzarle a jurar lealtad al solar que lo vio crecer. Así nació la idea de matarlo a él también.
Envenenar al viejo sería sencillo, ganada su confianza se tomaría todo aquello que le preparase las veces que fuera necesario. Pero Juan Sánchez suponía un problema. No lo había vuelto a ver desde el incendio de Mondragón y lo único que sabía de él es que poblaba cerca de Bilbao. Si aceptaba el llamamiento de su padre necesitaría un veneno rápido, la cuestión era cómo lograr que lo ingiriese, y la respuesta estaba en ti. Si lograba que varias personas lo tomásemos no levantaría sospechas. Admito que me embargó el terror cuando el muy bastardo a punto estuvo de reconocerme. Quizás nos cruzásemos durante los combates en Mondragón, qué más da ya… Te preguntarás por qué estás vivo y ellos muertos. Aquella mañana tomamos los antídotos que habrían de salvarnos. Los brebajes de hierbas, Iñigo; quizá recuerdes. Tuve que sacrificar a muchos animales hasta lograr las proporciones correctas. Mientras que el mío anulaba los efectos del veneno, el que tú ingeriste debía reducirlos. Sólo así sobrevivirías, libre de sospecha ante las autoridades. Tras tu desvanecimiento, Juan Sánchez continuó interrogándome; el bebedizo tardó en actuar un poco más de lo previsto, pero al final calló a mis pies. Al viejo, ya moribundo y sin fuerzas sobre la cama lo estrangulé; ni siquiera el veneno me parecía suficiente venganza… Sólo al final comprendió Fortún Sánchez lo que le estaba ocurriendo; era tarde. No es necesario que me extienda más, el resto ya te lo habrán contado.



Te ruego que me perdones, Iñigo. Se hizo justicia con la muerte de esos banderizos y me informé de que seguías vivo. Te pido que mediante esta carta relates a las autoridades lo que sucedió; así mi memoria no será mancillada. Ahora que la muerte me reclama, nada contra mí podrán hacer.

Aquella misma noche tiré la carta al fuego del hogar. Jamás hablé de ella. Le odiaba; había puesto mi vida en peligro para llevar a cabo su venganza personal. Los años siguientes mantuve latente mi rabia hacia él, debatiéndome entre el deseo de poner en conocimiento de la justicia sus atrocidades y la necesidad de enterrar bajo el silencio su doloroso recuerdo. No dejaron de enfrentarse las casas armeras en todo aquel tiempo con extrema violencia; las noticias que llegaban a la villa sobre asesinatos y altercados inquietaban a la población, hasta que una tarde de mayo de 1469 las huestes de los Amoroses entraron a saco en Portugalete buscando riña con los Salazares. No he logrado olvidar el rechín de las espadas y los gritos de mi esposa y mi hijo pisoteados bajo los cascos de los caballos… Los vi morir ante mis ojos impotentes. Así entendí la ira de los sentimientos que movieron a Pedro de Olalde a actuar de tal forma. Sí, se hizo justicia. Y yo, al igual que mi maestro, soy boticario.

7 comentarios:

El Desván de la Memoria dijo...

Un placer que se pueda leer aquí este magnífico relato.
Un abrazo,
Ramón Alcaraz

Anónimo dijo...

Al autor felicidades por el relato, y al bloger felicidades por la bitácora.

Rantxe dijo...

Eres un fenomeno Piloto y el escritor que no pare, me ha gustado mucho. Anaiak

Anónimo dijo...

Felicidades a los dos; al autor y a tí por alegrarnos el día.

Aurelio

roizo dijo...

No soy de leer, pero me ha atrapado, me hubiese leido 600paginas sin enterarme. Gracias por este regalo. jajaja ,que final.

Mario Nebot dijo...

Estupendo relato, muy bien de vocabulario, tensión narrativa y estilo. Yo sabía que no conviene tener un médico como enemigo, y ahora añado los farmacéuticos.

Mario Nebot dijo...

Estupendo relato