lunes, 3 de febrero de 2014

LOS CONDE-PELAYO DE PORTUGALETE (I)



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Leonor Conde-Pelayo junto con el escritor Mario Ángel Marrodán durante su última visita a Portugalete.


Parece ser que de un tiempo a esta parte se ha producido cierta curiosidad por parte de algunos portugalujos por conocer los avatares que vivieron diferentes miembros de la familia Conde-Pelayo, tanto durante su estancia en la villa, como durante su obligado exilio tras la finalización de la guerra civil.  
 
Conde-Pelayo fue un reconocido médico que aparte de poseer unos conocimientos más que sobresalientes en diferentes campos de las ciencias, cultura, etc., fue recordado durante generaciones en nuestra villa por poner su ciencia siempre al servicio de los más humildes de sus convecinos, de luchar por las clases más desfavorecidas e implicarse en los avances sociales.

Por las circunstancias propias de su compromiso político, muchos de los miembros de su familia sufrieron una fuerte represión pasando por cárceles, campos de concentración y exilio.

La vida es en ocasiones es irónica. Décadas después de que el médico Conde-Pelayo perdiera toda su fortuna, una considerable cantidad de dinero heredada de sus progenitores en luchar por las mejoras sociales de los más pobres de la villa, su nieta, una reconocida escritora afincada en México, decidió viajar a su Portugalete natal, villa en la que ella misma había nacido muchos años antes.

Leonor, su nieta, solicitó una entrevista con el concejal de cultura con el propósito de hacer entregar a la villa de Portugalete de algunos escritos y recuerdos de varios de sus antepasados. La experiencia fue tan nefasta por el trato recibido que al salir de la misma preguntó en que se habían convertido los representantes de los ciudadanos, si en burócratas del antiguo régimen o en arribistas despóticos que se habían servido de las urnas para buscarse un beneficio personal.

Años después escribió un trabajo en el que contaba parte de los recuerdos de la misma así como la vida y peripecias de algunos de sus ilustres familiares. Ese trabajo realizado en 1994 fue publicado y repartido gratuitamente por la Sociedad de Estudios Fray Martín de Coscojales en septiembre de 1996. Una edición de unos 200 números que se entregaron de forma gratuita en mano y reitero lo de gratuito, entre las personas interesadas en los diferentes pasajes de la historia de nuestra villa.

Leonor conocía el espíritu y la filosofía que regía la Sociedad de Estudios Fray Martín de Coscojales, dar la oportunidad a los portugalujos de todo tipo para  poder publicar sus trabajos en su pueblo, sin sectarismos, censuras o ideologías políticas, unas publicaciones que se repartían gratis, corriendo con los gastos de las mismas los miembros de esa sociedad, sin ayudas ni subvenciones de ningún tipo.  Una sociedad libre no sujeta a ningún pesebre del que comer. Poe ese motivo Leonor Conde-Pelayo cedió su trabajo a esta Sociedad para su publicación.

Como se ha comentado con anterioridad, la edición fue de 200 ejemplares por lo que los antiguos miembros de esta sociedad hemos decidido volver a publicar este trabajo, en esta ocasión en este blog. La intención es que este texto tenga la mayor repercusión posible, acercándolo a todas las personas que de manera frecuente visitan esta bitácora o que puedan hacer consultas en la red sobre el periodo o los contenidos tratados en este texto.

Tal como se puede observar, el texto es de un tamaño considerable, algo que dificulta la publicación del mismo en una sola entrada. Por tal motivo he decidido fragmentarlo en tres  capítulos, respetando todo su contenido de manera íntegra.

Por tal motivo, esta entrada así como las dos siguientes están dedicadas a este trabajo, un relato cargado de emotividad en el que se describen personajes y situaciones de nuestra historia pasada.

Espero que el texto guste, mandando desde aquí un fuerte abrazo tanto a Leonor como al resto de sus familiares residentes en México, en mi nombre como en el nombre de todas las personas que tuvimos el placer de poder departir con ella en sus diferentes viajes a nuestra localidad.
Hasta la próxima.        


PRESENTACION

Leonor Tejada Conde-Pelayo nace en Portugalete el 30 de septiembre de 1917, donde recibirá en sus primeros años una gran influencia de su abuelo, el médico Juan José Conde-Pelayo, de quien aprende el esperanto.
En 1927, al morir su padre, se traslada a París con su madre. Allí, continúa con sus estudios elementales, perfecciondo el idioma francés y aprendiendo inglés.
Tras ingresar en la Sorbona, obtiene en julio de 1936 el Diploma de Profesora de Francés.
Cuando, comezada la Segunda Guerra Mundial, los alemanes invaden París en 1940, Leonor marcha a Berlín en busca de trabajo. Allí obtendrá el Diploma de Profesora de Alemán, regresando de nuevo a la capital francesa en 1943.
Acabada la guerra, se traslada a Guatemala junto con su madre y dos hijos, y de allí a México en 1960, donde reside en la actualidad.
En este país ha relizado unas doscientas traducciones para diferentes editoriales. Además, ha sido durante quince años profesora de francés en el Instituto Francés de América Latina y en la Alliance Française; profesora de Lectura y Redacción, con el grupo de maestros fundadores del Colegio de Bachilleres; traductora en la Rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana; participante durante seis años en el programa de televisión "Sopa de Letras" con otros diez profesores especialistas en Linguística; columnista durante dos años en la página cultural del diario Ovaciones; y durante 15 meses ha tenido un programa diario de minuto y medio en la Radio XELA de México.
Es, además, autora de varios libros: "Hablar bien no cuesta nada y escribir bien, tampoco" (1974); "Por la senda del rayo" (1978), novela de ficción con gran contenido autobiográfico; "¡Qué fácil es la Gramática!" (1977); "Hablemos correctamente" (1990); y coautora con Galdino Morán de "La guerra del Pérsico" (1991).
En el presente número, Leonor Tejada nos ofrece un trabajo inédito que ella realizó en 1988. Bajo el título "Los Conde-Pelayo de Portugalete", la autora muestra el paso de su saga familiar por la Villa, así como una visión del Portugalete que ella conoció, amén de otros apuntes sobre personajes notables jarrilleros del primer tercio de siglo.
Agradecemos a Leonor Tejada Conde-Pelayo su colaboración en el presente Boletín, de cuya amena lectura estamos seguros disfrutarán nuestros lectores.

Sociedad de Estudios
"Fray Martín de Coscojales"




I - PORTUGALETE EN EL RECUERDO

A miles de años luz... mejor dicho, a miles de kilómetros y más de medio siglo de distancia, es indeleble el recuerdo del feliz y luminoso Portugalete de la niñez.

El pretil del muelle, la plaza, el mercado de los domingos con su griterío, el embarcadero del que salían barcas cargadas de gente y al que llegaban otras tantas, porque atravesar la ría en barca costaba la mitad que en el transbordador. Y el transbordador, cuyo ruido acompasado ha mecido mis primeras horas hasta convertirse en el placentero acompañamiento de mis diez primeros años.

Los paseos a la punta del muelle _el muelle de Churruca_: un kilómetro para llegar y otro para volver, en realidad sólo son 900 metros. El marémetro, punto final del muelle nuevo y principio del otro, de tablas éste con unos rieles inservibles ya... en mis tiempos.

En la plaza los plátanos _pero ¿por qué se llamaban así?... si no eran de comer, árboles más o menos de la misma edad que yo. Y la música en el quiosco, los domingos por la tarde y por la noche, que terminaba cuando ya me había dormido.

La farmacia de Bustamante, en la esquina de la calle Santa María, sobre el arco en que comenzaba la calle Salcedo, nombrada en honor de un excelente alcalde que tuvo la Noble Villa. ¡Qué farmacia! Al entrar, te encontrabas en una pieza circular, de alto techo y ventanales, con esos jarrones que un anticuario pagaría a peso de oro y cuyos nombres leía sin saber qué significaban: puro latín.

El piso de mármol. Y el silencio. ¡Qué farmacia!

En cuanto al alcalde Salcedo, me contaron que antes de que yo llegara al mundo, había tenido que hacer frente a una batalla campal, un domingo, en la plaza.

La juventud bailaba, y sin duda algún atrevido le faltó a la novia de uno de los presentes; éste empezó a castigarlo a golpes. Los amigos de cada uno de ellos tomaron partido, y la batalla se generalizó sin que los alguaciles pudieran controlarla.

Había maniobras militares en aquellos días, y el oficial al mando ofreció enviar la tropa, cosa que el prudente alcalde declinó dando las gracias.

El alcalde Salcedo, ostentando la banda de su cargo, llamó a los bomberos y les ordenó que enchufaran las mangueras y dirigieran los chorros sobre los contendientes.

No importa romperse la cara a trompadas, lo insoportable sería empaparse el traje de los domingos. En menos que canta un gallo se vació la plaza y la batalla terminó por falta de combatientes.

Así se las gastaba el alcalde Salcedo, y bien merece que la calle conserve su recuerdo.
En Portugalete ha habido siempre un Xomin, forzudo y de genio fuerte.

Conocí a uno y nos contó en casa que cuando llevaba varias semanas sin trabajo, él y un amigo tan desocupado y hambriento como él, trataron de organizar una apuesta: cada uno se comería un ciento de sardinas. ¡Ya lo creo que se las comieron! Ganaron la apuesta y quitaron el hambre atrasada. Xomin era tan fuerte que, siendo marinero en un barco de pesca y llevándose muy mal con el capitán, éste, sólo por fastidiar, le mandó que subiera al mástil para no sé qué tarea inútil. Rechinando los dientes, Xomin obedeció, pero al bajar hacia la cubierta, a medida que iba bajando por la escala iba rompiendo los peldaños de cuerda. Aterrado ante su fuerza, el capitán le pagó tan pronto como atracaron en Portugalete y no volvió a contratarlo. ¡Se explica que lo dejaran en tierra de vez en cuando! Durante la huelga del 34 estuvo en la cárcel. Fue el único que tras una huelga de hambre no sufrió úlceras, porque bebía agua sin parar. Chico listo, nuestro Xomin.

El puente Vizcaya... los cables rígidos que sostienen su verticalidad eran un imán para nosotros, los chiquitos del pueblo: nos colgábamos de ellos con las dos manos, los varones se columpiaban y se colgaban de manos y pies; las niñas, más recatadas, sólo de manos. Y a medida que íbamos creciendo, nos colgábamos de más arriba.

Para caminar sobre el pretil que bordea el muelle sobre el Nervión, había que estar muy seguro de sí mismo. Yo nunca me atreví.

Y nuestra playa, pequeña, encerradita y poco atractiva... Pocas veces fui a bañarme allí; solía hacerlo en Las Arenas, cuya playa era bastante buena, o en la punta del muelle, por la parte de dentro, naturalmente... pero si no tenía los 10 céntimos para cruzar la ría, ida y vuelta en barca... Allí estaba la casa-balsa del Sporting Club, blanca y rodeada de embarcaciones de todo tipo, y algunos yates preciosos. Nuestro parque, pequeño y oscuro, amparado y ensombrecido por la loma en que se levantan residencias millonarias. Pero era "nuestro" parque.



¿El teatro de Portugalete? Una bonita bombonera. Por él pasaron muchas compañías de la legua, y algunas se quedaron varadas, pues no había tanto dinero en el pueblo como para asegurar ganancias en muchas representaciones. Y es que la gente de dinero sólo iba a Portugalete en verano, y con los teatros Arriaga y Campos Elíseos en Bilbao, no iba a descender a un teatrito de pueblo para aplaudir a cómicos de la legua.


También los aficionados portugalujos del Centro Democrático o de otras agrupaciones daban funciones de teatro. Representaban obras de Joaquín Dicenta_"Juan José"_, zarzuelas como "Los guapos" o "Las bribonas", y comedias como "La gente seria".

Después, un tablado convertiría el patio de butacas en pista de baile, los domingos y en algunas ocasiones más.
Y es que había excelentes músicos en Portugalete.

El quiosco, en el centro de la plaza, también constituía un imán para los chiquillos... pero como lo tenían cerrado, había que conformarse con sentarse en las escaleras. Allí solía dar "conciertos" de armónica José Luis Díaz, hijo de Clemencia y Perico el barbero, quien al hacerse mozo y hombre resultó ser un gran bailarín. No fue José Luis el verdadero músico sino su hermano mayor, Medardo, quien recorrió el mundo en el grupo conocido bajo el nombre de "Los Churumbeles de España". Sí, Medardo, discípulo de Braulio Zabarte como lo había sido, veinte años antes, José Tejada, que comenzó su vida artística en la banda del pueblo.

La banda municipal de Portugalete era excelente. Solía dar un concierto de buena música el domingo a mediodía. No había muchachas, por lo general, a esa hora, pero los mozos llegaban con alpargatas y camisas deslumbrantes de blancas, y pantalones de mil rayitas. Luego, desde las 4 hasta las 10, y en verano las 12 de la noche, generalmente, tocaba bailables, y la gente del pueblo y de los alrededores colmaba la plaza, unos, bailando en el centro y otros, mirando en la periferia. No sólo había músicos y una banda en Portugalete. También había un orfeón(*).

(*) "Archivo coral de una Sociedad musical

La Sociedad Coral del municipio vizcaino de Portugalete poseía en el año 1906 un buen archivo coral. El Orfeón, o coro vocal de dicha Sociedad, obtuvo diversos premios en concursos musicales públicos, no siempre verificados en la provincia de Vizcaya. Los viejos músicos de Vizcaya conservan todavía muy agradable recuerdo del Orfeón de Portugalete y de varios orfeones vizcainos, como el orfeón de Sestao, el orfeón de Baracaldo y, también, el orfeón de Castro Urdiales, municipio éste de la provincia de Santander.

El Orfeón de Portugalete utilizó, para la impresión y reproducción de las partituras y particelas corales, una prensa litográfica instalada en el local de la Sociedad Coral. Y en una blanca piedra de litografía se transcribían las obras musicales que valieron al Orfeón significativos triunfos.

El archivo coral mencionado reunió y conservó, de esa manera, gran número de obras musicales de célebres compositores, especialmente de la escuela musical española, de la escuela musical francesa y de la escuela musical alemana.

Algunas de esas obras fueron cantadas por el Orfeón de Portugalete en el antiguo balneario, ya desaparecido, y cantadas también en diferentes locales de la villa.

Todo esto es un grato recuerdo del municipio de Portugalete, de su laureada Sociedad Coral y de su archivo artístico".

El hotel Portugalete, con su terraza, permitía que forasteros y "niños bien"_creo que todos los portugalujos eran niños bien, pero los entrecomillados, además, disponían de unas cuantas pesetillas_ invitaran a la novia y las amigas de ésta a tomar chocolate y pastelillos. Era un hotel muy bonito y ocupaba un lugar estratégico: entre el muelle y el "muelle de atrás", iniciaba la hilera de mansiones que se prolongaba hasta la playa.


Portugalete gozaba de una fama poco común: que todas las portugalujas eran guapas. Cuando un forastero llegaba a Bilbao y preguntaba: ¿qué hacer en Bilbao un domingo por la tarde? le decían: Vamos a Portugalete a ver chicas bonitas. Y efectivamente, tomaban el tren y se apostaban a los lados del muelle. Las señoritas, con sus mejores galas, desfilaban en grupos de amigas, y las que tenían novio, acompañadas por esos celosos guardianes.

La campa San Roque, "allá arribotas", también era lugar de solaz para los chicos del pueblo, con árboles, hierba y una capillita. Bajando en bicicleta por la campa, un día, Valenchu se clavó una pica de la verja en el cuello... y por poco no lo cuenta.

San Roque, nuestro santo patrono. La fiesta de San Roque, la fiesta de Portugalete. Más o menos allí, en la campa se iniciaba la "tamborrada"... "tan burrada" le decía Braulio Zabarte, pianista insigne y honor del pueblo.

Pasamos bajo los arcos del Ayuntamiento y llegamos al café de la Unión. Nuevamente los arcos al pie del Batzoqui. ¡Qué bonito pueblo! Volver a Portugalete 45 años después...
¿Se ha convertido en una ciudad dormitorio? Visitar a los muertos... ¿Ah, el cementerio viejo?

No hay hotel donde pasar la noche. El hotel tan blanco, tan limpio, ya no es el mismo. El café de la Unión, que daba a la plaza, ha desaparecido. Pero siquiera el Ayuntamiento ha crecido un poco.

Los árboles de la plaza, entretejidos como si el sol portugalujo necesitara una gruesa pantalla... ¡Qué horror! Cuando hubo un enano por jefe de estado, no permitía que nada creciera alto. Pero los plátanos de mi pueblo podían haber crecido. ¿Sabes cuánto crece un árbol en 40 años? Pero hay que permitirle crecer: que respiren sus raíces, podarlo juiciosamente...
La estación vieja. En el ambigú vendían los buñuelos más ricos del mundo... hace 70 años. La estación que se levanta a la entrada del túnel por donde el tren (Apuntes de Volney Conde-Pelayo Urraza) tiene acceso a Santurce carece de personalidad... y de recuerdos. Pero cuando se construyó el túnel, ¡qué gloria para todos!

Porque para ir a Santurce había que hacerlo a pie o en tranvía. Sí, tomábamos el tranvía _de una sola vía, con una desviación donde se esperaba a que pasara el que iba en dirección contraria_ y durante el recorrido, podíamos admirar por las ventanillas la belleza del Abra. A lo lejos Algorta y el rompeolas, y junto a nosotros, a nuestros pies, nuestro primer "rompeolas", que en realidad se había tendido para facilitar el embarque y desembarque en un puerto tan poco protegido el siglo pasado, que en aquel entonces se efectuaba por el muelle de Churruca,
que nunca llamábamos así porque siempre era "la punta'el muelle".



Otra maravillosa vista del Abra, aun cuando incompleta, la teníamos desde "la campa" de la Iglesia, que no era tal campa pues estaba totalmente pavimentada.

La iglesia, antigua, edificada cuando el resto de España era todavía prisionero de los moros, tiene un órgano que es una maravilla de sonido. Por mucho tiempo fue su organista Braulio Zabarte, quien durante las misas distraía involuntariamente a los fieles por sus maravillosas ejecuciones de obras de los grandes maestros.

Entre la carretera "de arriba", por donde pasaba el tranvía, y el muelle que iba desde la playa de Portugalete hasta Santurce, una serie de verdaderos palacios desde los que los habitantes acaudalados _y generalmente veraniegos_ podían contemplar la maravilla del paisaje del Abra hasta la Punta Galea, gris, imponente, mucho más allá del rompeolas de Algorta.

Siguiendo el muelle _o sea la carretera de abajo_, que une Portugalete a Santurce, se llega al puerto pesquero donde atracaban las lanchas que, habiendo salido a la madrugada entre los dos rompeolas y hacia alta mar, regresaban por la tarde, cargadas de pescado fresco: sardinas rollizas y deliciosas anchoas, besugos, verdeles, pescadillas y merluzas, y todo lo que se hubiera dejado atrapar por las redes de los afortunados pescadores.

En Santurce, el aroma de las sardinas asadas. Acompañadas por el deliciosamente ácido chacolí, se han vuelto famosas en toda España... y fuera de ella.

Y las sardineras... las sardineras y sus andares... con la banasta cargada de sardinas _tan bien ordenaditas, colocadas con esmero mejor que en una lata_ se daban una vuelta de vez en cuando, durante su caminata a lo largo del muelle, como quien dice ría arriba, para que la banasta soltara el agua en exceso... y las gotezuelas, testimonio de aquella vuelta digna de una bailarina, formaban graciosos ochos 888 que punteaban su recorrido facilitando seguirles la pista. Las que llevaban la pesca a Bilbao se subían al tren en la estación de Portugalete. A veces, las sardinas todavía se agitaban en la banasta donde daban el último suspiro.

Desde Santurce a Bilbao, vamos por toda la orilla,
Con la falda remangada, luciendo la pantorrilla.
Vamos de prisa y corriendo, porque me aprieta el corsé.
Voy gritando por la calle: Sardinita frescu es.
Mis sardinitas, qué ricas son,
Son de Santurce, las traigo yo.

Con regularidad bajaban por la ría barcos cargados con uno o dos "caramelos" _así les decían en mi casa_, bloques de cemento que se arrojaban delante del rompeolas, pues la fuerza de nuestro Cantábrico es tan iracunda, que los desgasta a toda prisa.

La construcción del rompeolas de Santurce, según me contaron, causó problemas que se antojaban invencibles, debido al oleaje. No dejaba títere con cabeza, hasta que un ingeniero tomó al toro por los cuernos _es un decir, claro_ y empezó a arrojar bloques de cemento de varios metros cúbicos, interponiéndolos entre el mar y las obras. Sólo así pudo avanzar el rompeolas. Y cuando estás en el rompeolas y ves aquellas olas furiosas atacando los "caramelos", te dan escalofríos. En ocasiones, cuando el mar está embravecido, algunas olas pasan por encima. ¡Ay de ti! si andas de paseo. Me sucedió una vez y nos empapamos
los tres que habíamos ido _Volney, Valenchu y yo_ por un capricho mío. ¡Qué ocurrencia! Todavía siento remordimientos.



El Muelle Viejo, detrás de la estación, que ni es muelle ni es na, ya. Hoy creo que ya lo habrán transformado en jardín... desde mi última visita... Allí estaba el Centro Democrático donde daban conferencias, había funciones de teatro modestas y también bailes. Si la función iba a ser de postín, y el estreno en el Teatro, los ensayos se hacían en el Centro o en casa de los Conde-Pelayo, cuyos balcones daban a la plaza. Como siempre había alguien preso, era necesario juntar dinero para ayudar a su familia. Por ese Centro Democrático pasaron personalidades políticas que no lo creeríais si dijera los nombres.

Afortunadamente, casi todo eso fue antes de llegar yo al mundo o de tener uso de razón _si es que algún ser humano llega a tenerlo alguna vez_ y por eso carezco de la documentación necesaria para respaldar lo que digo.

Merece especial atención la Calle'el Medio. Nunca la he oído nombrar de otra manera, aun cuando no hay placa que así consigne su nombre. Sí, por allí bajaba la Tamborrada, y si no se estrellaba contra la tienda de ultramarinos de Marcelo era por milagro, ya que el impulso de los que venían detrás debería haber apachurrado a los que iban delante. Pero no, en la calle Salcedo se dividían, unos iban por la izquierda, hacia el mercado municipal, y otros por la derecha, por los arcos y el Ayuntamiento. La reunión era en la plaza donde la banda de música los recibía alegre y ruidosamente.

Pero la Calle'el Medio ha tenido siempre una connotación menos divertida. Cualquier persona que subiera o bajara por ella, si se volvía de repente, podía comprobar cómo se alzaban y bajaban cortinillas a su paso. Era la calle de chismes, y sé de muchas personas que preferían subir al Cristo por la calle Coscojales o por la calle Santa María, para no dar alimento a las malas lenguas.

Y el empedrado tan particular de las tres calles que bajaban: la calle Santa María, la del medio y la calle Coscojales. Cantos rodados en el interior de triángulos de piedra, y el canalón en medio para que escurrieran las aguas... tan abundantes en nuestro clima.

Los zapatos de Portugalete tenían una fama excelente. Precisamente en la Calle'el Medio estaban las zapaterías, que los domingos ponían puesto en la Plaza, además. A mí me compraban los zapatos donde Lángara.

Y los caramelos de malvavisco de Mendizábal, y los pasteles, y la droguería de José Camino, la imprenta de Bayo, los riches de la panadería de la calle Salcedo _¡Qué gracioso, llamar riches a aquellos sabrosos panecillos de 10 céntimos!_. Y la otana, pan redondo de a kilo, cuyo nombre no aparece en el Diccionario de la Academia. ¡Habráse visto! Y las pistolas de pan seco, flacas y tiesas, para la sopa. (¿Me creeréis si os digo que en Bélgica también las llaman pístoles? Estuve en Bohan-sur-Semoy, de la provincia de Charleroi, y me encontré con esa sorpresa). Y las tiendas de ultramarinos de Felipe Castro y de Marcelo.

En la esquina con Salcedo estaba la sucursal del Banco de Vizcaya, y en la otra esquina, la carnicería.

En la calle Salcedo había dos sastrerías, la más importante era la de Onofre, y del otro lado del portal del número 2, la tienda de las de Otaduy, así se decía.

Paco el churrero vivía en el último piso del número 2. ¡Ay, qué churros aquellos! El camarote _así llamábamos en Portugalete a las buhardillas_ del número 2 estaba lleno de viejos billetes de la lotería, número 6676, adquiridos por don Juan José Conde-Pelayo, fiel al número, que nunca en mis recuerdos ganó un buen premio. Poquillos, sí, pero pocos, es decir, pocos poquillos.

Muchísimas personas en el pueblo tenían la superstición y le daban perras a don José: querían compartir la suerte del médico con unos cuantos céntimos, ya que compartían su fe en que un número tiene tantas oportunidades como cualquier otro. Lo he intentado también en otras partes del mundo, pero sin atinar.

Cuando compro ese número es porque la nostalgia de Portugalete se ha vuelto muy fuerte.

No todos los recuerdos son placenteros. Por ejemplo, en 1935 hubo dos manifestaciones: una de izquierdas y otra, fascista. Los fascistas iban armados. El primer tiro, en la frente, fue para Urcisinio Gallástegui, primo mío por el lado paterno. ¡Indignación por un crimen rastrero... aun cuando casi todos lo son! Lamentablemente, nunca conocí a Urcisinio.

Cuando se instaló el Instituto de Portugalete en la casa de Dueñas... a estudiar bachillerato,  chicos. El edificio era maravilloso, las aulas grandes, soberbias. Y el ambiente de  compañerismo resultaba muy agradable. Amistades tal vez no, pero compañerismo, a  espuertas... Recuerdo a Julianita Pericacho, de Sestao, a Ramiro, de Santurce... Allí estudiaba también Saborit... ¿quién necesita apellido, en Portugalete, con un nombre como ése?

Remembranzas... nostalgia... reminiscencias... ¡Portugalete mío! La ría constituía un espectáculo constante, variado, móvil, lleno de una vida promisoria. Barcos arribaban, barcos zarpaban. Barcos chicos y grandes, trasatlánticos que establecían el vínculo entre Portugalete y Buenos Aires, Portugalete y Veracruz, pertenecientes a la Compañía Transatlántica Española; se turnaban en el puerto el Cristóbal Colón y el Alfonso XIII. El Cristóbal Colón era un trasatlántico, como quien dice: "de pelo en pecho". Muchísimo más grande y bello que el transporte de tropas en que crucé el Atlántico de Amberes a Nueva York, en 1948... Y cuando al médico del barco le dije que el Maríne Jumper era "a nice little ship", se ofendió, pero yo no sabía suficiente inglés para explicarle por qué me parecía pequeño. Y es que yo había visitado el Cristóbal Colón en 1927, con Pilar Mauleón, de Sestao, en la dársena de Axpe.

En verano, la ría nos permitía contemplar las regatas de traineras. No, nada que ver con el deporte universitario de Oxford y Cambridge: los remeros universitarios no habrían avanzado en nuestra ría con los enormes mamotretos en que remaban nuestros muchachos. Eran carreras encarnizadas, y algunos remeros se levantaban al final, con las nalgas  ensangrentadas. En honor de ellos, Amenábar, que fue director de la banda y buen compositor, compuso "Los remeros", un pasodoble que todavía puedo tararear, tantísimos años después.

No sólo las regatas, también la Cucaña. En otros lugares la Cucaña es un mástil vertical, ensebado, con premios en la parte superior. El que llega arriba se apodera de su premio, un jamón o un ganso... lo que sea.

Pero en Portugalete no es así. El mástil es horizontal, y el que resbala no se desliza hacia abajo sino que se cae a la ría. Los muchachos avanzan abrazados al palo y acaban ensebados, ellos también; poco a poco los competidores dejan limpio de sebo el palo, y el más empecinado gana el premio antes de caer al agua, él también, por enésima vez.

La ría. Verde cuando el cielo era azul, gris cuando estaba nublado, pero de un amarillo mostaza cuando descargaban el mineral en las fábricas.

Portugalete, entre Santurce y Sestao. Sestao, la 6ª O, con sus altos hornos y el mineral fundido, rojo y blanco, que mirábamos, maravillados, por las ventanillas del tren que nos devolvía a casa por la noche, si habíamos estado en uno de los pueblos ribereños o en la capital de la provincia. Bilbao, originalmente un ínfimo caserío que nos hurtó el honor de serlo a nosotros, a Portugalete. Sí. Doña María Díaz de Haro fundó nuestra villa en 1322. Me contaron en mi casa que envió a un sobrino suyo para que tramitara la conversión de nuestra villa en capital. El sobrinito de marras, que tenía unos caseríos en el lugar que hoy es Bilbao, lo pensó mejor y tramitó que fuera Bilbao... No dispongo de documentos que apoyen ni impugnen esa historia... ¿o leyenda? Pero la creo a pie juntillas... desde mi tierna infancia.

Portugalete de mi niñez. Paraíso perdido.

II - EL PRIMER CONDE-PELAYO PORTUGALUJO...ADOPTIVO



Juan José, hijo de don Juan Bautista Conde-Pelayo y doña Manuela Ruiz, nació el 24 de mayo de 1847 en la Vega de Pas, provincia de Santander. Falleció en Portugalete el 5 de julio de 1922.

"CONDE PELAYO. Biog. Escritor español del siglo XIX; publicó: Pitágoras (1880), y El tránsito del sistema de pesas y medidas de Castilla al métrico decimal".

(De la página 1051 del tomo 14 de la obra "Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo- Americana", Barcelona; hijos de J. Espasa; 579, calle de las Cortes; año 1912)
Si don José, como le decían en Portugalete, hubiera nacido un siglo después, tal vez se hubiera convertido en un playboy de esos que tienen yate y pertenecen a la jet set, pues heredó lo que en el siglo XIX correspondía a millones de pesetas del siglo XX.

Hijo de notario, tuvo una hermana, Marcela, que murió joven, por lo que el total de la herencia recayó en Juan José.


Casa donde nació Juan José Conde-Pelayo en la actualidad. Fotografía tomada del blog http://www.vallespasiegos.es/casa-solariega-del-linaje-conde-pelayo-en-vega-de-pas/ 

Era tradicional, en la familia Conde-Pelayo, que el primer hijo se llamara JuanJosé o Juan Bautista, es decir que los nombres no se repetían de padre a hijo sino
de abuelo a nieto.

Pero don Juan Bautista debía de tener un genio tan terrible, que doña Manuela no pudo soportarlo. Cuando Juan José no había cumplido aún los 12 años de edad, su madre se lo llevó, junto con Marcela, confió su hijo a un primo que tenía un comercio de telas, y la hija a otros primos, y trató de ganarse la vida, y la de sus hijos, vendiendo telas por Vizcaya.

Doña Manuela aprendió vascuence para poder entenderse con sus clientas, las vizcainas de los caseríos, que no hablaban español. Y vendiendo telas de pueblo en pueblo, hizo fortuna; al morir dejó a su hijo, aparte del dinero, una tienda de telas en una de las Siete Calles de Bilbao.

Esas hazañas de una dama que no era feminista datan de mediados del siglo pasado, entre 1860 y 1880 aproximadamente.

Juan José ayudaba en la tienda de telas de su tío, y dormía bajo el mostrador. No había electricidad en aquellos tiempos, y se alumbraba con una vela.

Un día que su tío no estaba en la tienda, algún sinvergüenza pagó al jovencito con un duro falso. Era tarde ya para reclamar, cuando Juan-José se percató del engaño. No le dijo nada a su tío y escondió el duro... pero lo aprovechó para comprarse un libro en el que estudiaba por la noche, a escondidas. Y un buen día le dijo a su tío que deseaba estudiar bachillerato.

El primo de doña Manuela no tenía un pelo de tonto, por lo que antes de tomar decisión alguna consultó a uno de sus clientes, profesor. El buen señor interrogó al muchacho, se sorprendió de su autodidactismo y le dio un libro, diciéndole que volvería a examinarlo al cabo de un mes. Eso hizo, y Juan José se desempeñó con "sobresaliente".

Así empezó todo.

Las relaciones con su notario de padre no eran demasiado buenas, pero se escribían. Por supuesto, el padre quería dejarle su notaría, pero el hijo se negó terminantemente a hacerse notario. Cuando Juan José quiso irse a Madrid para seguir estudiando, su padre le dio una carta de recomendación presentándolo a don Nicolás Salmerón, conocido suyo.

El encuentro con don Nicolás Salmerón habría de ser decisivo en su vida.

Por una parte, Juan-José era un matemático nato, y así resultó profesor-ayudante en la Institución Libre de Enseñanza. Se hizo naturalmente ingeniero y, fascinado por la astronomía, también astrónomo.

Un día le dijo don Nicolás: "Conde, usted que tiene esas ideas tan humanitarias, debería hacerse médico". "¿Usted cree, don Nicolás?".

Y Juan José se hizo médico. Cuando surgió la oportunidad, se quedó con la práctica de un médico de Portugalete que se jubilaba, y de esa manera Juan José llegó a nuestro pueblo, conoció a María Francisca, veinte años más joven que él, se casaron, tuvieron varios hijos y siguieron viviendo en Portugalete, donde el médico finalmente alquiló un piso en el n° 2 de la calle Salcedo, por donde estaba la entrada del edificio, pero con cinco balcones sobre la plaza, lugar privilegiado que permitía ver entrar y salir barcos, contemplar las regatas y la cucaña y oír la música los domingos. Un enorme letrero en el balcón del medio indicaba: MEDICO.

En aquella casa vio don José morir a un hijo, Uriel, el primero, y dos hijas, Zoraida y Zaida, y a su esposa a principios de siglo. Y en ese mismo piso falleció él a los 75 años de edad.

Pero los datos biográficos nada dicen de la evolución, de los sufrimientos, de las alegrías... de las vivencias de un hombre. Educado en la religión católica, Juan José se volvió librepensador poco después de conocer a don Nicolás Salmerón. Y por haber vivido tan cerca del eminente abogado, se volvió también republicano. Cuando don Nicolás fue presidente de la República, Juan José estuvo junto a él y por mucho tiempo fue su brazo derecho, una especie de secretario-voluntario. Cuando la traición de Castelar, al salir con Pi y Margall del despacho de aquél, dijo don Nicolás: "Vámonos, Pi, que aquí huele a traición". Y seguidamente escribió una carta a don Emilio, encargando a Conde-Pelayo que se la entregara.


Nicolas Salmerón
Faltando al más elemental dictado de la buena educación, Conde-Pelayo no cerró el sobre, y tan pronto como se encontró en la calle, la leyó y confió el texto a su proverbial memoria.

Años más tarde, cuando ya estaba enfermo, fue a visitarlo un familiar de don Nicolás; al enterarse de que se estaba escribiendo una biografía del ex Presidente y de que se había perdido la carta que envió a Castelar, el médico la repitió de memoria, completa.

La memoria de don José era extraordinaria. El atribuía ese fenómeno al hecho de que siendo pequeño había recibido un golpe al caérsele algo pesado sobre la cabeza: "Me da un poco más allá y me mata o me deja idiota; pero me dio lugar tal, que se me desarrolló la memoria".

Antes de venir a Portugalete había tenido una novia que se fue a vivir a París.

Pues bien, Juan José confió a su memoria el plano de París; al ir a visitar a la novia, había una huelga de cocheros, y los voluntarios que conducían los fiacres no conocían bien las calles, de modo que él mismo tuvo que indicar al cochero eventual el camino a seguir para llegar adonde se proponía.

Los Salmerón lo querían mucho, tanto por su fidelidad como por su sentido del humor.

Un día de primavera alguien regaló a doña Catalina de Salmerón una caja de música; la tarde era tan hermosa que toda la familia recorrió las dos calles que separaban la casa (12, calle de la Amistad), del parque del Retiro; mientras paseaban, doña Catalina dijo: "¡Qué momento tan agradable! Sólo falta un poco de música". Al instante se oyeron los acordes de la cajita de música que Conde-Pelayo había escondido bajo su capa antes de salir.

Durante un Carnaval, salieron don Nicolás y doña Catalina para ver máscaras y disfraces. Llegaban por la calle de Alcalá cuando divisaron, por encima de la multitud, algo que iba de una acera a la otra, por el aire. "Eso me huele a Conde", comentó don Nicolás, y con su señora llegó para encontrarse a Conde-Pelayo que, elegantemente vestido, con su capa y su sombrero de copa, saltaba con garrocha de un lado a otro de la calle de Alcalá. "Hoy todo el mundo hace lo que quiere, se disfraza, se pone un antifaz; yo salto con garrocha", explicó, al ver acercarse a sus amigos.

Y es que el joven Juan José había aprendido con los pastores de su provincia a saltar con garrocha, pues había tantos arroyos en la región que sólo de esa manera podían circular de un lado a otro... sin mojarse los pies.

Así pues, soltero, librepensador y republicano fue como llegó a Portugalete poco antes de 1885.

Al estallar la huelga de 1917 fueron a detenerlo a su casa. Le hicieron recorrer la distancia desde Portugalete a Bilbao, a pie, mientras sus aprehensores iban montados a caballo.

Don José había padecido una grave infección de la nariz, y la atribuía al hecho de llevar el pañuelo en el bolsillo. Desde entonces no volvió a usar pañuelo de tela. Encargaba papel de seda a la Papelera Española _de quien era el mejor cliente particular_ recortado en hojitas de aproximadamente 14 por 20 centímetros. Siempre llevaba un paquete de estas hojitas... que habían sido previamente desinfectadas en el horno de la cocina de su casa. Y cuando visitaba a algún enfermo, dejaba en la casa un paquete de hojas de papel, con la orden terminante de que el enfermo sólo usara aquellas hojas. Con lo que, cuando alguien iba a visitar a sus enfermos y veía el paquetito de papeles a la cabecera de la cama, era habitual que exclamara: "¡Ah! su médico es don José, ¿verdad?".